viernes, 10 de septiembre de 2010

LA BOMBA

A uno de mis mejores amigos, gracias por tus palabras, por tu compañia, por el apoyo que me has dado en momentos dificiles y sobre todo por reir conmigo

La noticia le cayó como IDEM al Subcomandante Marcos, sus informantes afirmaban que una bomba había sido colocada en el palacio municipal y pronto estallaría. Mientras visualizaba la mega nota, rápidamente elucubraba entrevistas, notitas de color, reseñas, reportajes, crónicas, ensayos, análisis de fondo y toda la gama de posibles entregas a su periódico. Se calzó, alistó su mochila y se quedó con el picaporte en las manos. La sangre se le fue hasta los pies (rápidamente porque no había mucho trecho que recorrer) el hígado le dolió y su corazón desbocado lloró lágrimas… ¡rojas! (lagrimas negras es una canción que nada tendría que hacer en esta historia) ¡¿Una Bomba!??... no, ¡un artefacto explosivo! Era mejor y más elegante el término.

El caos que invadió durante los siguientes minutos la mente del Sub, convirtió en histérico al centro histórico. Gente corriendo, gritando, buscando un lugar donde guarecerse. Huir lejos, muy lejos, de la inminente explosión era la película que se proyectaba en la mente del Sub. En cámara lenta los bomberos estilo 911 llegaban en hiper vehículos que bajaban en canastos hidráulicos a los burócratas con sus lonch en la mano. La Doñita que le vende “topergüer” en abonos al Subcomandante Marcos, cada que este acude al palacio, desmayada tendría que ser rescatada en una camilla y custodiada por “peefepes” para que no le robasen la mercancía de esta quincena que llevaba en su regazo. En brazos rescataban algunos policías a las secretarias con todo y sus neveritas en las que expenden sus tés helados. Los bomberos vestidos de impermeables largos y las gorditas de ancho.

La zona acordonada, el silencio sepulcral, hería el alma del Sub. La película, en blanco y negro, (porque el Sub ya andaba a media quincena y su lana no daba para el rollo a color) era dantesca para el reportero que cohabitaba en el espíritu del Sub. ¡Estaba de vacaciones! Se estaba perdiendo entrevistas kilométricas. No perseguiría a ningún funcionario huidizo, ni sería secuestrado por los terroristas que acorralados se tendrían que refugiar en la lonchería de Valich, o en los “Patitos”.

Ahora comprendía el Sub lo que sienten los asesinos “…en un momento de furia y cegado por la ira…” ¿Quién era el truhán que esperó que saliera de vacaciones para introducir a San Pancho de Campeche en el primer mundo mediante una bombita?

Si el Sub hubiera presenciado el jolgorio que se armó en los alrededores del palacio municipal, hubiera salido a despellejar al terrorista. Los primeros en llegar fueron los dulceros que rápidamente habían impreso playeras con la leyenda “Bomba… Chito”, y las estaban vendiendo como lechón tostado de domingo en el mercado. De las colonias habían salido micros para “pasear la calle 8”, los ayudantes de los choferes, a todo pulmón gritando “¡¡a la bomba, a la bomba!!”, igualito que cuando llega la temporada de beisbol y se desgañitan “¡¡¡a la pelota…!!!”. Los reporteros (escudados tras sus micrófonos) “peinaban” la zona cero en busca de la primicia. Uno se topó con un pañal, valientemente -y arriesgando la vida- se animó a abrirlo… encontró algo, pero de la bomba… ¡nada! De la bomba… nada.

Las primeras que reportaron ganancias fueron las mamitas de palacio, “los visitantes” habían arrasado con las bolsas de pepitas y cacahuates, mango, jícama. Los diputados, alegres, hacían planes para los próximos días en los que seguiría acordonada la zona y ellos como niños en recreo.

Las pesquisas pronto dieron resultados, como buenos campechanos, los “peefepes” siguieron el rastro de la llamada, preguntaron aquí, preguntaron allá y lograron llegar hasta el don que había realizado la llamada. Era el guardia del Sistema de Agua Potable que desde su hamaca había marcado para avisar que la bomba (de agua) se había sobrecalentado y que pronto estallaría. De esto no pudo enterarse el Sub, porque decepcionado del dramático rumbo que había tomado su vida profesional decidió entregarse de lleno a la meditación en un monasterio recién instalado en Cancún.

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